Una hora sin X

 

El 16 de enero de 2026, poco después de concluir la Marcha del Pueblo Combatiente en el Malecón habanero, X (antes Twitter) dejó de funcionar durante una hora clave de la mañana.

X no atravesaba un hecho aislado. En los últimos meses ha registrado otras interrupciones relevantes, algunas también de alcance internacional y sin una explicación pública convincente por parte de la empresa. La repetición de caídas dibuja un patrón de inestabilidad que refuerza la idea básica de que, cuando una plataforma se convierte en infraestructura del escenario digital, su fragilidad deja de ser un asunto técnico y pasa a ser un problema social.

En Cuba, la gráfica de menciones por franja horaria aporta una evidencia simple y contundente del apagón mundial del 16 de enero, que también afectó a nuestro país.

Entre las 10 y las 11 de la mañana, el volumen de actividad en la plataforma se desplomó abruptamente y, en la hora siguiente, recuperó valores altos, coherentes con la dinámica de usuarios nacionales que compartían imágenes y videos del multitudinario homenaje a los combatientes cubanos caídos en Venezuela durante la agresión de Estados Unidos a ese país.

Menciones a X de usuarios nacionales cubanos, el 16 de enero de 2026. Gráfica obtenida con BrandWatch.

 

Ese dibujo es típico de una interrupción de servicio. Cuando la plataforma cae, la conversación se corta. Significa que, en el momento de mayor circulación de contenidos desde Cuba, dejaron de fluir mensajes, testimonios e interpretaciones que normalmente circulan por ese canal, muy utilizado por usuarios nacionales que asistían a los homenajes en todo el país.

En una nación sometida a múltiples formas de cerco —económico, financiero y también informativo— ese silencio técnico tiene efectos inmediatos. Coordinar en la red se vuelve más difícil, verificar toma más tiempo y el rumor va con ventaja.

El apagón del 16 de enero en X llega en un momento en que la plataforma se ha consolidado como infraestructura de comunicación politizada, y en que su “centro de gravedad” se ha desplazado hacia la derecha radical estadounidense y sus satélites. Como ha descrito el diario digital POLITICO, el ecosistema de X bajo Elon Musk no solo cambió por decisiones de gestión, sino por su lógica interna.

Los algoritmos, los incentivos y la cultura de plataforma favorecen un tipo de conversación que premia la provocación, el clip viral y el conflicto permanente. Esa deriva no es un asunto doméstico de Estados Unidos. Afecta directamente a países como Cuba, donde la disputa por la visibilidad no es una metáfora, sino una necesidad cotidiana para un país que enfrenta bloqueo algorítmico, límites a la prioridad de sus contenidos, campañas coordinadas y entornos hostiles que operan como filtros políticos.

Cómo una plataforma moldea la realidad

Para entender por qué un corte de una hora puede tener consecuencias sociales y políticas, conviene seguir la cadena completa de mecanismos que hace operar a X como un actor de poder y que describe de modo muy diáfano el artículo de POLITICO, publicado hace apenas dos días:

Esquema simplificado de cómo una plataforma digital convierte decisiones técnicas en efectos políticos.

 

1) Algoritmo: la prioridad del espectáculo

X impulsa una arquitectura de consumo rápido: video corto, audio, frases contundentes, con menos recompensas para enlaces, lectura pausada o argumentación. El resultado es una conversación con poco oxígeno para matices y mucha disponibilidad para el encontronazo entre los usuarios.

2) Incentivos: ganar atención, aunque sea degradando el debate

Si lo que el algoritmo premia es el contenido corto y emocional, los usuarios aprenden rápido. El mensaje más rentable no es el más verdadero, sino el que mejor moviliza indignación, burla o miedo. En esa economía de la atención, la información “útil” compite en desventaja frente a la puesta en escena.

3) Actores dominantes: quiénes convierten la polarización en negocio

Ese entorno favorece a influenciadores políticos, cuentas hiperactivas, redes de amplificación y a una presencia relevante de bots y cuentas coordinadas. POLITICO relata un efecto paradójico de las medidas “antibots” introducidas por X: al hacer visible el país de origen de las cuentas, la plataforma dejó al descubierto que una parte relevante de la amplificación pro-MAGA procedía desde fuera de Estados Unidos. Algo similar demostró el Observatorio de Medios de Cubadebate, con perfiles que operan en el ecosistema digital nacional, pero se alimentaban desde el exterior, fundamentalmente desde Estados Unidos.

La iniciativa de X, presentada como un mecanismo de control, no redujo el ruido, pero sí reveló hasta qué punto la conversación política en esa plataforma puede estar inflada por dinámicas transnacionales que distorsionan la percepción del consenso real.

Para Cuba esto significa algo muy concreto. Cuando el ecosistema dominante es hostil, la plataforma se convierte en un terreno inclinado, donde la narrativa cubana llega menos, llega peor o ya enmarcada por el adversario.

4) Poca cohesión: el conflicto como estado permanente

Según POLITICO, la derecha estadounidense empieza a experimentar los costos de su hegemonía en X, porque cada vez más se expresan fracturas internas, guerras de influenciadores, ruido conspirativo y una conversación que “distorsiona percepciones” y dificulta objetivos políticos. En términos sociales, el efecto se traduce en deficiente cohesión de la esfera pública: cuando lo que circula es el ataque, la caricatura o la sospecha, se erosiona la posibilidad de deliberación y aumenta el desgaste social.

5) Policy: cuando lo viral se convierte en agenda de gobierno

Si X está dominada por comunidades ideológicamente hostiles, la conversación puede alimentar climas políticos que terminan justificando sanciones, medidas de presión, operaciones de demonización o narrativas de “mano dura”. No hace falta conspiración: basta con incentivos diseñados para amplificar lo extremo y con gobiernos que confunden “tendencia” con “opinión pública”.

POLITICO cita un caso ilustrativo, un video viral difundido en X sobre un supuesto fraude en el sistema de bienestar social en Minnesota, que no se quedó en la esfera digital, sino que terminó generando una respuesta institucional concreta en Estados Unidos, con la creación de un nuevo puesto orientado a combatir ese tipo de fraude. El episodio muestra cómo la viralidad en la plataforma puede convertirse en señal política para gobiernos que confunden tendencia digital con preocupación social real.

Silencio, migración y vulnerabilidad

En la hora de caída de X, la reacción social típica no es que el debate desaparezca, sino que se desplace y, muchas veces, se degrade. En la gráfica que sigue, se observa cómo los usuarios de Internet de todo el mundo buscaron información sobre la plataforma X durante la hora de apagón del 16 de enero de 2026:

Búsquedas de usuarios en el mundo de la palabra

 

En Cuba, donde el acceso a internet combina limitaciones de datos, intermitencias y una fuerte concentración del consumo informativo en pocas plataformas, X actúa como una plaza pública acelerada, que concentra alertas, interpretación inmediata de hechos, y sobre todo la posibilidad de que un rumor sea discutido, contrastado y, en el mejor de los casos, corregido ante audiencias amplias. Cuando esa plaza se apaga, la conversación no se extingue, sino que sale por canales subterráneos.

Ese desplazamiento suele tomar la forma de una migración hacia mensajería y canales cerrados. WhatsApp y Telegram se convierten en “sustitutos” funcionales: grupos de familiares y trabajo, canales políticos, listas de difusión, capturas reenviadas, audios explicativos y “resúmenes” elaborados por quienes alcanzaron a ver algo antes del corte o por quienes tienen otras fuentes.

El problema es que esa sustitución es imperfecta. En un circuito cerrado, el contenido circula más rápido, pero se valida peor; lo que importa no es la evidencia, sino la confianza interpersonal (“me lo mandó alguien”), la repetición (“ya lo reenviaron varios”) o la autoridad informal del nodo que lo distribuye.

Aquí aparece la vulnerabilidad específica: en X, la esfera abierta ofrece —con todos sus defectos— un mecanismo de corrección social, en el que alguien puede responder públicamente, aportar un dato, contradecir una cifra, enlazar una fuente, exhibir inconsistencias.

En canales cerrados, la corrección existe, pero es más lenta y fragmentada. La mentira puede viajar con ventaja porque no necesita exposición pública ni refutación visible: basta con circular. Además, la migración a mensajería dificulta el seguimiento de la conversación, porque el debate se “atomiza” en cientos o miles de grupos. En términos prácticos, es como si una discusión pública pasara, de golpe, de una plaza con megáfonos a una red de pasillos.

En un entorno ya condicionado por el bloqueo algorítmico —es decir, por una visibilidad asimétrica donde ciertos contenidos y actores tienden a quedar penalizados, despriorizados o encapsulados— el apagón produce un efecto doble. Primero, corta la capacidad de respuesta pública: desmentir, contextualizar y explicar deja de ser inmediato. Segundo, traslada el peso de la conversación a circuitos cerrados donde el rumor tiene menos fricción y la verificación es más costosa.

Por eso, una hora sin X no es solo una hora sin publicaciones. Es una hora en la que se suspende —temporalmente— una parte del mecanismo que permite que la sociedad contraste versiones en un espacio común. En Cuba, donde la disputa por el relato suele estar atravesada por presiones externas y campañas de desinformación, esa suspensión no es neutral; cambia el equilibrio entre información, rumor y capacidad de respuesta.

La dependencia también es un problema político

La lectura rápida del 16 de enero es casi automática: “se cayó una app”. Pero esa frase encubre lo esencial. X no es una aplicación más. Cuando esa infraestructura falla, se interrumpe en una parte del espacio público.

Ahí aparece el núcleo político del problema. La infraestructura de comunicación global que sostiene buena parte de la conversación contemporánea es privada, opaca y gobernada por incentivos que no son democráticos. Las reglas del juego —qué se ve, qué se oculta, qué se premia, qué se penaliza— no se deciden en parlamentos, ni en procesos públicos de rendición de cuentas. Se deciden en comités internos, cambios de algoritmo, políticas de moderación, decisiones empresariales y, cada vez más, orientaciones ideológicas. En la práctica, esto significa que la ciudadanía habita un espacio de debate cuyo “suelo” puede moverse sin aviso.

Para un país como Cuba, esta vulnerabilidad tiene un plus. Lla dependencia tecnológica no se mide solo en cables, antenas o cobertura, sino en plataformas y en las condiciones de acceso que estas imponen. Si una plataforma se convierte en un terreno hostil —por sesgos de diseño, por bloqueos algorítmicos, por campañas de amplificación externa o por reconfiguración ideológica de su ecosistema— el resultado es una forma de desigualdad comunicacional.

Esta es la razón por la que la izquierda no puede limitarse a “estar presente” en las redes, como si bastara con abrir cuentas y publicar. La presencia sin estrategia es dependencia. Lo que se necesita es resiliencia comunicacional, que implica tres capas muy concretas:

  • Diversificar canales: no concentrar la circulación de mensajes en una sola plataforma. La experiencia muestra que, cuando se cae el nodo principal, la conversación no desaparece; se desplaza. Pero si el desplazamiento no está previsto, el resultado es desorden, pérdida de coherencia y mayor vulnerabilidad a la desinformación.
  • Fortalecer redes propias y comunitarias: medios, boletines, listas, espacios de comunicación sostenida, repositorios donde el contenido no dependa de un solo canal. No se trata de abandonar las plataformas, sino de reducir el chantaje implícito de “si aquí no existes, no existes”.
  • Alfabetización mediática y capacidad de análisis crítico: entender cómo circula la información, qué incentivos la deforman, cuándo se rompe la trazabilidad y cómo se monitorea el impacto real. En un ecosistema donde la viralidad puede convertirse en agenda política, la lectura crítica deja de ser una virtud cultural y pasa a ser una necesidad cívica.

La conclusión es incómoda pero simple: cuando una plataforma cae, no vemos solo una falla técnica, sino un hecho político. Una parte de nuestra conversación colectiva depende de empresas privadas estadounidenses, cuyos criterios pueden cambiar de un día para otro y cuyas crisis —técnicas o ideológicas— tienen consecuencias sociales inmediatas.

El apagón de X del 16 de enero evidencia que la soberanía comunicacional, hoy, no se juega únicamente en el acceso a internet, sino en la estructura de poder de las plataformas que organizan lo que el mundo ve, cree y decide.