Los años ochenta fueron la década de oro de la animación cubana. Elpidio Valdés contra dólar y cañónVampiros en La Habana, los Filminutos de Juan Padrón. Pero ya entonces, tras bambalinas, se sabía: hacer animación en Cuba era remar contra la corriente.

Cuatro décadas después, la corriente no ha cedido. Al contrario, se ha vuelto más fuerte. Los obstáculos de antes —recursos escasos, tecnología limitada— ahora se han multiplicado y endurecido hasta volverse crónicos: desabastecimiento, apagones que interrumpen renders, un bloqueo que ahuyenta a cualquier distribuidor extranjero, y una fuga de talentos que vacía los estudios y dispersa a los mejores por el mundo. El fantasma que antes se llamaba precariedad, hoy tiene muchos nombres. Y duele más.

En contraste con una tradición importante, e incluso experimental, sustentada por la creación de los Estudios Fílmicos de la Televisión Cubana y los Estudios de Animación del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (Icaic) a inicios de los años sesenta, la producción actual de animados en Cuba muestra un debilitamiento que se manifiesta en la disminución de las obras, su escasa transmisión en medios públicos, su participación cada vez más reducida en festivales y, quizás lo más doloroso, un impacto social casi imperceptible.

Preguntarle a un productor cubano sobre la salud de la animación es como pedirle a un médico de policlínico que diagnostique sin equipos. Armando Alba Noguera, subdirector de Producción de Animados ICAIC, admite, que, si bien desde Animados ICAIC mantienen un nivel de producción “bastante estable” es notable que no es mejor que hace 5 años atrás, donde había incluso una variedad mayor de proyectos: “variedad estética, variedad artística, variedad de tipos de proyectos”.

Hoy, la producción se sustenta sobre todo en la serie Fernanda, bajo la batuta de Mario Rivas. La serie Titoverse, que aparentaba un despunte, no termina de despegar: si bien tiene un adelanto mayor de haber grabado 26 episodios, después sufrió otros problemas. Otras series como Cuentos de Ñañaseré, Anita y Tareco o Aprender a vivir –explica Alba-- se sostienen porque son producidas prácticamente por una sola persona.

El animador y director cinematográfico Ernesto Piña Rodríguez es más categórico: “La salud actual de la producción de animados en Cuba es mala, deprimente. Tanto en la parte creativa como en la económica. Hay algunas luces creativas, no voy a ser tan categórico, pero a lo largo de la historia de la animación cubana hasta nuestros días las historias tienden a ser planas, muy pocas invitan al cuestionamiento, a despertar la emoción o la reflexión sobre algún tema actual, controversial”.

En cuanto a la visualidad, reconoce que sí ha habido una evolución, que se le agradece en gran medida a las nuevas tecnologías y a internet, pero eso no basta.

Por su parte, Danny de León, animador cinematográfico, matiza: “La salud en términos generales es mala, pero no crítica, aún puede salvarse”.

 

Producir sin recursos, animar sin luz

Los Estudios de Animación trajeron animados y personajes que han entretenido a generaciones de cubanos.

La animación es un arte de paciencia y de máquinas encendidas. Un corto de cinco minutos ­­–explica Piña–, puede hacerse en tres o cinco meses si la técnica es dibujo digital. Si se trata de stop motion o 3D, el tiempo se estira hasta un año. Eso en condiciones normales, pero Cuba no vive condiciones normales. Con tres o cuatro horas de electricidad al día, el cronograma se rompe, el presupuesto previsto para tres meses se convierte en nueve, y la cuenta no da.

Hasta el 2019 hubo algo que ayudaba a que la salud de nuestros animados estuviera más estable —recuerda Piña.

“En lo económico, se trabajaba con presupuestos más estimulantes dentro de la economía que tenía Cuba en esos tiempos, incluso produciendo con las instituciones de animación. Al desmoronarse la economía en el 2020, los presupuestos ya no respondían al nuevo costo de la vida cubana, hasta estos momentos, que ya es crítica”, confiesa.

Ese desmoronamiento tuvo consecuencias inmediatas: Los realizadores comenzaron a desmotivarse y muchos se retiraron de la realización, ya sea porque buscaron otro modo de ganarse el dinero, trabajando en negocios no estatales, o porque se fueron del país a cambiar de vida, aunque tuvieran que renunciar a sus aptitudes creativas para la animación. “Pero de todas maneras somos unos pocos que quedamos que dentro de lo posible seguimos sobreviviendo, y creando como podemos”, asegura el animador.

La situación electroenergética ha empeorado el cuadro. Piña describe la cotidianidad: La falta de combustible y roturas constantes de las termoeléctricas imposibilitan el cumplimiento de los cronogramas de producción y la gente no puede trabajar ni con constancia ni estímulo. “De la economía cubana y sus derivados depende todo en Cuba, y la salud de la producción de nuestros animados mejorará a medida que dicha economía vaya prosperando”.

Danny de León coincide: “La afectación es severa, puesto que la electricidad es vital para toda realización. La desactualización de los recursos tecnológicos ralentiza en gran medida las producciones, y obliga a buscar soluciones creativas para lograr al menos una factura que compita con los estándares actuales de la animación”.

Sobre los procesos de producción, Alba Noguera explica que cuando se inicia un proceso generalmente se termina. “Son muy pocos los proyectos que yo recuerde que se hayan iniciado y no hayan terminado. El que no ha terminado ha sido por alguna causa de fuerza mayor. El problema no es tanto terminar sino distribuir y exhibir”.

El acceso a la tecnología es otro de los grandes nudos. Según Alba, la última inversión que se hizo en Animados ICAIC en computadoras fue hace casi 10 años para el largometraje Meñique.

“Tenemos computadoras con procesadores de cuarta generación cuando eso va por la 14, y ni qué hablar en materia de tarjetas de video o de otro tipo de componentes electrónicos, discos M2 más rápidos, en fin. Hasta el tema de las redes como tal: ahora mismo estamos haciendo un diagnóstico y estamos detectando muchos atascos en la red de los estudios, en el flujo de producción, por la obsolescencia de las redes y la velocidad de transmisión de datos”, describe.

El bloqueo de Estados Unidos hacia Cuba se cuela en cada rendija. Alba Noguera cuenta la experiencia con Meñique: “Tuvo muchos ingresos en países impensados para nosotros como Qatar, México, Dinamarca, incluyendo el propio Estados Unidos, pero a partir de que contó con un agente de ventas externo. Ese agente de ventas cobraba una millonada, el 25% de lo que gestionara. Ellos asumían el resto de las cosas, incluso la publicidad que necesitaran para hacer efectiva la venta”.

Estados Unidos había hecho una compra inicial en términos de cine porque había entendido que era una película española. “Cuando vio que había una participación del ICAIC se retiró de esa venta y solo se quedó en una compra en una copia video home, porque se trataba de distribuir DVDs en librerías y podía evadir esa fiscalización”.

También el bloqueo afecta las licencias de software. La dificultad específica —explica Danny de León— es que no tienen permitido comprar las licencias de los softwares a sus dueños por el propio bloqueo económico de Estados Unidos hacia Cuba.

“Sin eso se dificulta mucho, sobre todo, comercializar con mayor alcance internacional nuestras producciones animadas. No podemos hacer contrato de distribución internacional a no ser que un tercer país sea co-productor de la obra y se haga a través de él. Esa es una realidad”.

Además, aunque la actualización de hardware es lo que más los golpea, “al no contar con acceso a softwares con sus debidos permisos, apelamos al uso de los programas crackeados, con la consecuencia de no poder comercializar el producto ya terminado”.

Ernesto Piña, por su parte, señala otra carencia: “Hay muy poco personal cubano realmente capacitado en la distribución de animados. Esto mayormente se hace a nivel institucional y se distribuye en el área nacional, pero en lo internacional no creo que se le dé el debido trato a este proceso tan importante para la visibilidad de las obras animadas fuera de Cuba”.

Piña refiere que precariamente se ven en algún que otro festival de cine o evento audiovisual, y por lo general los animados se presentan afuera porque el propio director o productor de la obra hace gestiones personales, y luego lo informa a la institución. “La suerte ahora es internet, que ha venido a ayudar a visibilizar más nuestro trabajo a través de las redes sociales”.

 

¿Para quién animamos si nadie nos ve?

Armando Alba, subdirector de producción del los Estudios de Animación del ICAIC

Para inscribir una película cubana en un festival internacional hoy no hace falta pagar miles de dólares; basta con un euro. Pero ese euro, mínimo e insignificante para cualquier productor del mundo, se convierte en una frontera infranqueable para los animadores cubanos porque pagarlo exige una tarjeta de crédito internacional —Visa, Mastercard—, un objeto que en el país caribeño no se puede usar.

La participación en festivales internacionales se ha vuelto una odisea. Alba Noguera lo ilustra con una anécdota que parece una parábola:

“En 2024 participó físicamente en los premios Quirino, en Tenerife, en calidad de coproductor de una obra. Al año siguiente, después de haber vivido la experiencia, dije: ‘Qué bien, podemos participar nosotros con montones de obras’. Y teníamos una obra que desde el punto de vista estético podía alcanzar perfectamente algo en esos premios, por lo menos un nivel de visibilidad.

“La inscripción era obligatoriamente a través de una plataforma que aparentemente era gratuita, que simplemente te cobra 1 euro por subirte la película a esa plataforma donde la van a visionar todos los jurados. Y entonces llega el problema: tuve que hablar con ese coproductor español, que además ya era un amigo, para que él pagara esa cuota de inscripción”.

Los canales de distribución nacionales son igualmente precarios. Alba Noguera explica que el único canal de distribución que existe para público nacional es la televisión cubana.

“Más allá del momento de crisis actual que estamos viviendo, de quién ve la televisión cubana, cuando miras los espacios que tiene reservado para la producción infantil, ya lo que les va quedando a cada espacio es media hora. Cuando tú media hora lo traduces en animado, bueno, qué te puedo contar. Cada vez dos Fernandas o una Fernanda y un videoclip”.

Actualmente, los estudios de animación del ICAIC tienen un espacio mensual en el cine La Rampa: la “Peña de Federico”, un espacio con total inclusión de lengua de seña cubana. “Ahí encontramos un espacio para estrenar en el cine cada una de las obras que terminamos. Pero es apenas un respiro”.

 

El engranaje que no termina de girar

El financiamiento es otro dolor de cabeza. Alba Noguera refiere que los animadores cubanos no tienen acceso a fondos concursables de ninguna índole. “Teóricamente, las fuentes de financiamiento somos nosotros (Animados ICAIC) y el ICRT. Entonces, ¿cómo va a despegar la producción de animado o cualquier cosa?”

No obstante, el subdirector de Producción de Animados ICAIC considera que es un tema “donde hay mucho por donde avanzar”, sobre todo con posibles alianzas con el sector privado.

La fuga de talentos es quizás la herida más silenciosa y profunda en la animación cubana de hoy.

Danny de León ha vivido esa fuga en carne propia: He tenido la suerte de reunir staffs con gran capacidad para solucionar problemas, artistas talentosos con ideas prometedoras que terminaron emigrando a diferentes países buscando mejores oportunidades. “Creo que la mente humana es el recurso más valioso que se nos escapa”, se lamenta.

Ernesto Piña confirma: “Los realizadores también convivimos en sociedad con todo lo que conlleva como las demás personas”.

Sobre la posibilidad de vivir de la animación, Piña no deja dudas: “Como se está viviendo ahora, con la locura económica que hay, creo que cualquier profesional que viva en Cuba tiene que tener mínimo dos trabajos para sobrevivir, porque los salarios son deprimentes”.

En el caso de la animación—agrega el realizador-- ni aunque lleves muchos años de trabajo en el ICAIC o el ICRT, por ejemplo, no alcanza. “La vida se ha encarecido más que cuando estábamos con dos monedas. Hay que buscarse un trabajo alternativo quizás más común pero tan loable como el de hacer animados”.

Danny de León, por su parte, está de acuerdo con que en estos momentos es bien complejo vivir solo de la animación. Tiempo atrás era completamente viable, aunque también dependía mucho de la habilidad y el conocimiento del animador.

Sobre la preparación de los jóvenes animadores, Alba Noguera considera que es “fatal” porque, aunque instituciones académicas como el Instituto Superior de Diseño, tienen sus perfiles de animación, en la práctica funciona diferente.

“Eso es un daño irreparable de los tiempos actuales en las redes, donde crees que leyéndote un libro o cuatro tutoriales de un programa de 3D es saber animar. Cuando hicimos Meñique y convocamos a jóvenes que tuvieran dominio, sobre todo de programas 3D, nos dábamos cuenta de esas fallas. Manejar un software no significa que seas animador. Cuando comenzabas a darle los principios básicos de la animación, te dabas cuenta de que tiene muchas lagunas. Se dan talleres y demás, pero no llega a ser una formación estable”.

El problema tiene dos caras: la formativa y la retentiva. Alba Noguera explica que actualmente no existe una producción lo suficientemente estable como para garantizar ese flujo constante de formación de animadores.

Y los espacios para la producción independiente, ¿qué pasó? Hacia el interior del país han desaparecido eventos como la Muestra de Cine Joven del ICAIC —lamenta Alba Noguera—. “En esos espacios la producción independiente tenía una visibilidad, sobre todo la de provincia. No tengo la menor idea de esa producción. Espacios como Almacén de la Imagen, donde se revisaba a los productores independientes y desde Animados podíamos apoyar económicamente ese tipo de iniciativas, ya no existen”.

 

Mucho machete por dar todavía

A pesar de todo, hay preguntas que invitan a mirar hacia fuera.

Sobre la valoración internacional de la animación cubana, Piña responde: “Primero, si una obra de animación cubana se exhibe fuera de Cuba, es un logro inmenso. Según mi experiencia y vivencia con mis obras, he percibido que se reciben bien. Incluso si la obra es localista, aunque las que son de corte más universal son mejor recibidas. En cuanto al arte, creo que todas son reconocidas y aplaudidas. En Cuba hay talento, sin duda alguna. No por gusto hay 65 años de experiencia en la animación”.

Danny de León añade: “Creo que sí se ha perdido algo de visibilidad, aunque las producciones han disminuido en gran medida, todavía hay un reconocimiento de la calidad de la animación cubana, y muchos extranjeros han buscado servicios en nuestro país, muestra de que aún se aprecia la calidad de nuestros animadores”.

Referente tendencias estéticas actuales, Piña recuerda que partir de los años 90, con la entrada de la tecnología digital y un personal más joven capacitado para dominarla, comenzaron a despertar otros conceptos de arte en función de las posibilidades creativas que brindaba esa tecnología.

“Los jóvenes con su frescura en cuanto a diseño de arte le empezaron a dar otro aire al animado cubano. Algunos venían con influencia Disney y otros más del anime. En esos tiempos, la vieja escuela era el estándar en Cuba. Creo que se logró un mano a mano entre los veteranos y nosotros los más jóvenes. Pero a la vez, nosotros los más jóvenes queríamos romper con ese estándar creativo. No puedo definir una tendencia contemporánea en la actualidad para nuestra animación. Lo que sí sé es que hay más variedad de historias y de estética que antes, como está ocurriendo en otras partes del mundo”.

En cuanto a la calidad de las obras animadas actuales cubanas, Ernesto Piña considera que se logra una buena imagen, “hay gente que domina muy bien su arte y la tecnología actual, pero a las historias aún les falta más trabajo, más investigación, y más osadía a la hora de narrar y de tratar un tema”.

Danny de León detalla que la estética actual está muy influenciada por el anime japonés, la escuela francesa, el estilo norteamericano que es la base principal del conocimiento que se imparte en los cursos de capacitación, y los referentes de nuestro propio estilo cubano.

“Las temáticas son variadas: hay propuestas fantásticas, humorísticas, que abordan problemas de la juventud, didácticas, temas históricos, entretenimiento. La escuela de animación es el gran pendiente que tenemos. La capacitación se hace a través de cursos promovidos por las instituciones y cada vez son más escasos”, refiere.

A partir de la situación actual del país, cuando se le pregunta a Alba Noguera, por ejemplo, cómo se resuelve la escasez de materiales tradicionales para técnicas como el stop motion, responde que, en los años 90, el país experimentó un período especial y la realización de animados sufrió consecuencias, pero no se detuvo.

Danny de León considera que la escasez de recursos y materiales se suple con creatividad. “El uso de recursos reciclados, como el alambrón, el cartón, la madera en el caso del stop motion. Muchas veces tenemos que comprar el material con recursos propios”.

Y al final, la pregunta que lo resume todo: ¿qué falta para que despegue la animación en Cuba? “Falta que seamos un país normal. Con todo lo que eso implica”, enfatiza Alba Noguera.

Danny de León, por su parte, prefiere mirar hacia adelante con una mezcla de realismo y esperanza: “La IA está ganando terreno aceleradamente, es un asistente que promete mutar definitivamente la forma en la que trabajamos la animación. En la actualidad, es extremadamente útil si se usa con creatividad. En los procesos automatizados es y será un éxito total, pero difícilmente sustituya por completo al artista humano, porque el arte es sentimiento y de eso ella carece”.

Ernesto Piña resume la solución: “De la economía cubana y sus derivados depende todo en Cuba, y la salud de la producción de nuestros animados mejorará a medida que dicha economía vaya prosperando”.

Mientras tanto, en un país donde los apagones interrumpen los renders y los euros se vuelven montañas infranqueables, un puñado de animadores sigue moviendo figuras cuadro por cuadro. Como diría un buen cubano, Elpidio Valdés, hay mucho machete por dar todavía.