Asalto a Palacio Presidencial

Hay silencio en la cabina de Radio Reloj. Detrás de un cristal, los locutores leen las noticias del día, intercalan anuncios comerciales, miden en palabras cuánto demora un minuto. De fondo, el tic tac constante que desde hace casi 75 años caracteriza el trabajo de la emisora.

Es un día normal, monótono, y en todo el país son las tres de la tarde. Lo dice la estación de radio, lo confirman los relojes. Sin embargo, en algunos apartamentos de La Habana el tiempo pasa más de prisa.

José Antonio Echeverría está en uno de ellos. No escucha la emisora, pero él también vive pendiente de la hora. Desde hace semanas perfecciona su plan, organiza, conversa aquí, burla la vigilancia allá. Es el Presidente de la Federación Estudiantil Universitaria y encabeza el Directorio Revolucionario. Sabe que llegar hasta este momento no ha sido fácil, más difícil les resultará cumplir lo previsto. Cada segundo está cronometrado una y otra vez.

Muy cerca de allí otros jóvenes vigilan el Palacio Presidencial. También miran sus relojes. Para todos el tiempo es clave. Tienen un único objetivo, esencial: comprobar que Fulgencio Batista sigue en el edificio. Desde hace semanas miden en minutos cuánto demora el dictador en recorrer el camino entre el cuartel de Columbia y el palacio. También informan de todos sus movimientos.

A la sede del Gobierno le han puesto “la casa de los tres quilos”, un comercio de La Habana que vendía productos a muy bajo precio. Cada grupo que participaría en el ataque no sabía la misión de los otros. Desde hace días los participantes están ocultos en diferentes lugares de la ciudad.

Por fin surge el momento. Batista llegó casi al anochecer del día anterior y aun está en el Palacio Presidencial. Los vigilantes envían el mensaje. Es 13 de marzo de 1957.

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El grupo de asaltantes al Palacio Presidencial estaba compuesto por 50 jóvenes. Foto: Archivo.

De pronto un frenazo, pasos, sudor en los rostros. Son dos automóviles y un camión de reparto de mercancías. Su letrero dice “Fast delivery” y aun se puede ver casi en el mismo lugar desde donde 65 años atrás medio centenar de muchachos emprendió la carrera hacia el interior del palacio. Hoy le quedan las marcas de las balas. Aquel 13 de marzo lucía como un camión cualquiera.

Ese factor sorpresa fue una de las claves para conseguir un avance veloz sobre los guardias del edificio. El primer piso, el segundo, el tercero un poco después. Todo sucede en minutos, pero Batista no está. Con los primeros disparos escapó a través de una salida secreta en su despacho. Circunstancia no planificada, estrategia de quien le había dado a Cuba años de miserias y tristezas.

Aniquilarlo ya no es posible, pero ahora toca asegurar la retirada. Un segundo comando debía tomar los edificios que rodeaban el lugar para apoyar a los asaltantes, pero en el último momento el miedo los vence. Los asaltantes están solos frente a las balas. Algunos no lo logran, otros atraviesan parques y calles y se ocultan como pueden.

Uno de ellos termina en casa de una tía, otro duerme en un hotel haciéndose pasar como mecánico, otro más recibe la ayuda de un grupo de estudiantes de medicina para fugarse del hospital donde lo retienen. En las próximas semanas La Habana será una cacería. El punto culminante lo vivirán los muchachos ocultos en Humboldt 7. Un hilo de sangre correrá ese día escaleras abajo y será el símbolo del ensañamiento.

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José Antonio Echeverría organizó la acción del 13 de marzo de 1957. Foto: Archivo.

Aquel 13 de marzo José Antonio no sabe el destino de sus compañeros ni el resultado del asalto. Su objetivo es Radio Reloj. Van en tres automóviles hasta la calle lateral del edificio desde donde transmite la emisora. El suyo llega justo frente a la puerta, mientras los otros dos cierran cada una de las esquinas. Todo pasa en un instante. Son las 3:21 pm cuando el líder rompe el silencio y la monotonía de la cabina.

“Lea” —le dice a uno de los locutores— y toda Cuba escucha varios cables que anuncian la muerte de Batista. Hay turbación, y de pronto la voz de José Antonio. Comienza con un “pueblo de Cuba” que aun estremece. Casi inclinado sobre la mesa sigue hablando: “En estos momentos acaba de ser ajusticiado revolucionariamente el dictador Fulgencio Batista. En su propia madriguera del Palacio Presidencial el pueblo de Cuba ha ido a ajustarle cuenta”.

Hace cinco años Cubadebate entrevistó Otto Hernández Fernández, el último sobreviviente del auto en el que viajaba José Antonio. De los cinco hombres del vehículo, solo tres subieron. A él le tocó asegurar el regreso de sus compañeros. Su testimonio es de gran valor.

“Luego que José Antonio, Joe Westbrook y Fructuoso Rodríguez subieron veo que el portero comienza a cerrar una puerta grande de cristal. Yo enseguida salí hacia la entrada de CMQ, encañono al guardia y le digo: «no lo hagas, porque si la cierras la voy a abrir a balazos». Aquel hombre se quedó paralizado, pero no siguió. Justo un momento después bajan José Antonio y los demás. Les habían cortado la transmisión y no terminaron de leer el mensaje”

Desde ahí los tres autos salieron para la Universidad de La Habana, el sitio que habían previsto para reorganizarse y continuar. Sortearon los diversos cierres de calles hasta divisar la colina universitaria. De pronto, una patrulla, el choque, las balas. El líder estudiantil abrió la puerta y comenzó a disparar. Otra vez el tiempo indetenible, constante. Un segundo, quizás dos, y su cuerpo en el suelo sobre su propia sangre. A un lado el revólver aun caliente.

“No desconozco el peligro. No lo busco —había escrito ese mismo día— Pero tampoco lo rehúyo. Trato sencillamente de cumplir con mi deber”.

Vea además:

En video, sucesos del 13 de marzo de 1957: