El doble campeón olímpico de Cuba, Julio César La Cruz, entra al ring y parece invencible, pero fuera de él es un hombre de humildad absoluta, pasión por el deporte y disciplina inquebrantable.

En la infancia, en Camagüey, su ciudad natal, descubrió el boxeo, sin imaginar que años después se convertiría en una de sus grandes figuras. Desde entonces su vida ha sido un constante desafío consigo mismo: “Mi rival más grande he sido yo mismo”, reveló en entrevista con Prensa Latina.

“Los reveses y dificultades han sido mi mayor desafío; los contrincantes difíciles se pueden vencer, pero superarme a mí mismo es lo que realmente importa”, expresó a este medio de prensa luego de un encuentro con jóvenes atletas, aficionados y cubanos en Bayaguana, provincia Monte Plata.

Referente del boxeo latinoamericano y mundial, La Cruz llegó a ese municipio del este dominicano tras conquistar la medalla de oro en la reciente Copa Independencia, celebrada en la provincia Santiago de los Caballeros, torneo que reunió a representantes de ocho naciones.

Allí desarrolló una presentación impecable frente al dominicano Agustín Tisert, imponiéndose con autoridad 5-0, demostrando una vez más la experiencia y maestría que lo distinguen en el cuadrilátero.

Su presencia en Bayaguana -considerada la capital del deporte en este país por la concentración de logros olímpicos, la calidad de sus instalaciones y su tradición en la formación de atletas de alto rendimiento- fue valorada como un gesto de cercanía y estímulo para las nuevas generaciones que encontraron en él un ejemplo de disciplina, constancia y compromiso con el deporte.

Durante el intercambio, el pugilista destacó los lazos que unen a atletas cubanos y dominicanos.

Asimismo, apreció la invitación del dirigente deportivo de Bayaguana, Isaac Ogando, para que deportistas de la isla puedan realizar allí su preparación con vistas a los Juegos Centroamericanos y del Caribe (JCC), al considerar que estos espacios fortalecen el intercambio y elevan el nivel competitivo.

Con dos medallas de oro olímpicas -Río 2016 en 81 kg frente al uzbeco Adilbek Niyazymbetov, y Tokio 2020 en superpesados ante el campeón mundial ruso Muslim Gadzhimagomedov-, cinco campeonatos mundiales de oro, múltiples preseas en Juegos Panamericanos y Centroamericanos y 15 títulos en el Torneo Playa Girón, La Cruz no solo escribió su nombre en la historia del boxeo, sino que ha elevado la leyenda de la escuela cubana.

Su impresionante hoja de servicios lo respalda: más de 400 victorias y apenas una treintena de derrotas a lo largo de su carrera, muchas de ellas frente a rivales de alto nivel, lo que lo consolida como buque insignia de la selección cubana de boxeo y referente indiscutible para las nuevas generaciones.

Mi estilo de riposta, heredado del legendario maestro Alcides Sagarra bajo la máxima de “dar y no recibir”, lo perfecciono con trabajo diario, paciencia y concentración total, apunta.

Con un pulóver blanco, donde la bandera cubana destaca discretamente en un costado del pecho, habla pausado, mide cada palabra como si fuera un golpe certero, y deja ver que esa escuela de paciencia, trabajo diario y concentración no es solo una táctica de combate, sino una filosofía de vida que lo acompaña.

 

LA DISCIPLINA COMO BANDERA

Cada jornada es un ritual inquebrantable. Se levanta a las seis en punto de la mañana, cuando la ciudad apenas despierta, y lo primero es subir a la báscula: el peso no es un número, es control, responsabilidad, equilibrio.

Luego llega uno de los momentos más sagrados del día: el izamiento de la bandera y la entonación del himno nacional, un gesto que —más que protocolo— refuerza el sentido de pertenencia y el compromiso con el país que representa en cada combate.

Después comienza el entrenamiento físico, exigente y metódico: resistencia, fuerza, velocidad, coordinación. Nada queda al azar. Más tarde, el trabajo técnico pule los detalles invisibles para el espectador común: la distancia exacta, el movimiento de cintura, la precisión del golpe, la defensa que anticipa el ataque.

Cada sesión incluye atención individualizada, correcciones minuciosas, ajustes tácticos pensados para el próximo rival, aunque todavía no tenga nombre.

El descanso también forma parte de la estrategia. Recuperar el cuerpo es tan importante como exigirlo. Por la tarde retoma la preparación táctica, estudia variantes, repasa combinaciones y escenarios posibles.

Todo responde a un mismo propósito: superarse cada día. “Esa es mi rutina diaria”, precisó, convencido de que la grandeza no se improvisa, se construye en la constancia silenciosa de cada amanecer.

A los jóvenes boxeadores les aconsejó disciplina y amor por el deporte: “Si les gusta el boxeo, escuchen a sus entrenadores y sean atletas de bien. Esa es la clave del éxito”, puntualizó.

 

OBJETIVOS INMEDIATOS Y CAUTELA OLÍMPICA

De cara a la presente temporada, explicó que sus principales objetivos están bien definidos: los JCC Santo Domingo 2026 y la discusión de un título de la Asociación Mundial de Boxeo (WUC, por sus siglas en inglés), un combate cuya sede aún no ha sido confirmada.

Antes, adelantó, participará en el evento clasificatorio que se realizará en Guadalajara, México, entre el 11 y el 17 de marzo, donde se disputarán las plazas para la justa regional, a efectuarse del 24 de julio al 8 de agosto.

Al abordar la posibilidad de los Juegos Olímpicos de 2028, fue cauto y realista. Aseguró que, por el momento, no se ha trazado como meta esa cita. Argumentó que el complejo escenario político entre Cuba y Estados Unidos -país anfitrión- genera incertidumbres que van más allá del deporte.

“No me he planificado para 2028. Conocemos la situación que atraviesa nuestro país y cómo se mueve la política internacional. A veces esas tensiones terminan afectando a los atletas”, reflexionó. Sin emitir declaraciones estridentes, dejó claro que su postura no responde a una falta de ambición deportiva, sino a una lectura prudente del contexto.

Considera que cualquier decisión sobre una eventual participación debe analizarse con serenidad, valorando las condiciones reales y las garantías para los competidores. “No es solo un tema deportivo, es todo lo que puede rodear a un evento de esa magnitud”, valoró, subrayando que, por ahora, su energía está concentrada en los compromisos inmediatos.

Desde inicios de 2025 y hasta la fecha, Estados Unidos ha denegado cerca de un centenar de visas a atletas, entrenadores y directivos deportivos cubanos, lo que ha limitado la participación en torneos clasificatorios rumbo a los Juegos Olímpicos de 2028 en la ciudad de Los Ángeles.

Como consecuencia, delegaciones completas no han podido asistir a competencias oficiales ni a reuniones técnicas incluidas en el calendario preparatorio hacia la cita estival.

 

LA RECUPERACIÓN DE LA ESCUELA CUBANA

Sobre la escuela cubana de boxeo, afirmó a Prensa Latina que, tras las renovaciones y ajustes realizados en los últimos tiempos, el movimiento muestra señales claras de recuperación.

“Lo demostramos en Santiago de los Caballeros, donde alcanzamos el primer lugar por equipo”, subrayó, convencido de que los resultados recientes confirman la vigencia y fortaleza de esa tradición deportiva.

 

FIDEL CASTRO: UN REFERENTE DENTRO Y FUERA DEL RING

A la pregunta de la periodista sobre si alguna vez Fidel Castro le colocó una medalla, sonríe con humildad y responde sin rodeos: “Ojalá. No ocurrió, pero el solo hecho de haber coincidido con él en tres ocasiones marcó mi vida deportiva y personal”.

“Para mí, mi ídolo; lo más grande que ha dado Cuba y el mundo se llama Fidel”, afirma con convicción.

Recuerda especialmente el 2015, cuando con apenas 26 años fue distinguido como el mejor boxeador del mundo por periodistas y especialistas del Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación (Inder) de la isla, reconocimiento que coronó una etapa de resultados extraordinarios.

En esos años se consolidó en la cima del ranking de los 81 kilogramos tras conquistar el título mundial y la medalla de oro en los Juegos Panamericanos, además de sumar preseas de plata en el certamen continental y en el torneo premundial, confirmando una regularidad competitiva al más alto nivel.

En aquella ocasión decidió obsequiarle sus guantes a Fidel como símbolo de respeto y gratitud. Aclara que no fue un gesto individual, sino compartido: “Se los regalamos como equipo”, precisa, subrayando el sentido colectivo que caracteriza a la escuela cubana de boxeo.

Más allá de medallas o fotografías, lo que guarda es la inspiración. Para él, haber podido estrechar su mano y mirarlo de frente representa un reconocimiento moral que trasciende cualquier podio.

La Cruz combina técnica, estrategia y corazón con humildad y bondad, demostrando que la verdadera grandeza se mide no solo por los títulos, sino por la forma de enfrentar cada día y cada reto.

En cada combate y en cada paso fuera del ring, Julio César La Cruz confirma por qué es mucho más que un campeón: es un símbolo de disciplina, sacrificio y ejemplo para atletas y fanáticos del boxeo en todo el mundo.